miércoles, julio 19, 2006

Un cuento de Cineasta Regio

ANDROPLASMA

Por Ignacio E. Jacobo León
(Cineasta Regio)

La primera vez que lo vio, fue cuando acudió a cumplir con su Servicio Social en el Hospital Civil Canseco. Era un día soleado de septiembre, aunque se sentía en el ambiente un cierto aire a otoño cercano. Allí estaba, acostado sobre sendas cajas de cartón. Parecía estar meditando mientras observaba a la gente que caminaba por las banquetas aledañas al Hospital Civil. Su ropa estaba muy sucia y harapienta, y se notaba a todas luces que desde hacía mucho tiempo que no se bañaba; su piel se había vuelto casi oscuro de tanta mugre y polvo. Pero la chica no le dio la más mínima importancia a ese tipo, ya que había muchos vagabundos deambulando por todas las calles de la ciudad de Tampico. Sin embargo, algo en su aspecto le delataba que no era cualquier vagabundo.

De todos modos, la chica entró en la recepción del Hospital Civil y se presentó como Melissa Ortuño, de 3° año de preparatoria y mostró a la recepcionista la hoja de la escuela que lo autorizaba a realizar su Servicio Social en aquel lugar de paredes frías, blancas y asépticas; la mandaron con el encargado de Recursos Humanos, quien le explicó todos los deberes que debía cumplir durante el tiempo en que durase su Servicio Social: cuidar a enfermos, cargar ropa y sábanas sucias al área de lavandería, acompañar a los viejitos que creen reconocer en ella a una lejana pariente perdida en la mar de sus recuerdos, y muchas cosas más. El primer día pasó rápido, y por la tarde ya estaba de regreso a su casa. Sin embargo, Melissa, mientras bajaba las escaleras del hospital para tomar un taxi, volvió a observar al vagabundo y se percató de que él estaba leyendo un libro de portada negra y muchas páginas amarillentas.

Pasó un mes. El otoño llegó con toda su fuerza a la ciudad; por las tardes se respiraba un cierto aire de nostalgia perdida que se notaba en las hojas cafés que los árboles dejaban caer al suelo. Melissa ya se había terminado de bañarse, ponerse su ropa del día y una bata blanca que le habían dado en el Hospital la primera vez que hizo su Servicio Social. Tomó un taxi; durante el camino, la chica observaba las calles, los peatones, alguno de otro perro que comía una bolsa de basura en el suelo... Sin embargo, en lo más profundo de su mente, tenía muy presente al vagabundo. Entre pláticas con enfermeras y con otras chicas que igualmente realizaban su Servicio Social, se había enterado que el vagabundo aquel tenía un nombre: Juan Pérez. O quizá un nombre que lo bautizaron aquellos que lo conocieron por vez primera en el Hospital, sabedores de que su verdadero origen se había perdido en la noche de la memoria. La de él. Porque nunca reveló su nombre, profesión y todo eso. Quizá por desconfianza, o bien, sólo para olvidarse de su propia identidad.

De lo que era cierto era su edad. Aunque tampoco ese Juan Pérez no quiso revelar su edad, físicamente parecía tener 30 años. De lo que más le llamó la atención a Melissa era cómo había llegado al Hospital. Juan Pérez había llegado en estado de emergencia, provocado por varios ataques epilépticos causados por varias drogas que se había chutado desde su infancia (y algo más interesante: traía consigo aquel libro negro y nunca pudieron quitarlo). Al parecer, no tenía familia ni parientes, puesto que nadie vino a preguntar por él mientras convalecía en un cuarto bajo estricta supervisión médica. La mayor parte del día, se la pasaba leyendo ese libro en el pabellón de los enfermos. Todo iba muy bien para él por un par de semanas, hasta que los médicos decidieron que ya estaba bien físicamente pero que se veían forzados a echarlo del hospital por no contar con seguro social ni dinero con qué pagar aquellos cuidados médicos que le prodigaban aquellos “ángeles blancos”, como los llamó él un día. Y al Hospital Civil lo llamaba con el sobrenombre de “Hotel”. Y hasta hablaba de algo muy extraño, que escapaba a cualquier lógica humana. Soy un Androplasma. Cada vez que hablaba de esa palabra tan extraña al vocabulario humano, lo hacía como si tuviese uno de los secretos más grandes del mundo. ¿Qué quería decir con esa palabra? Nadie lo sabía, y hasta era cosa segura que ello no era una prueba más de que había perdido totalmente la cordura. Soy un Androplasma. ¿Me comprendes?

Bajó Melissa los escalones del Hospital Civil. El vagabundo estaba en el mismo lugar, ahora revisando un bote de basura en busca de, probablemente, comida para sobrevivir. Era hora de irse a casa, por lo que ella prosiguió su camino y esperó pacientemente un taxi. Conforme transcurrían los minutos, más ella miraba de reojo al vagabundo. Él ya había regresado a su lugar de cartones y leía un periódico arrugado de la semana anterior, que seguramente lo había hallado en aquel bote de basura. Al parecer, se divertía en leer las estupideces del mundo entero envuelto en guerras, matanzas y muertes inútiles.

La Enfermera le había dicho que tuviese mucho cuidado con ese Juan Pérez, porque nunca se sabe qué hacen los vagabundos en sus contactos con personas de otros niveles sociales. Unos son realmente pendencieros; otros, verdaderos amantes de violar chicas, mientras que algunos son enfermos mentales. Le contó que, desde aquel día en que lo echaron del Hospital Civil, Juan Pérez se sintió extrañamente feliz y decidió pasar el resto de su vida en las calles y banquetas aledañas al Hospital. De eso, hace diez o doce años. Y desde entonces, toda la gente que acude al Hospital ya se había acostumbrado a su presencia y alguna que otra alma caritativa le había dado unas cuantas monedas (de ínfimo valor, pues). No lo sabía a ciencia cierta, pero algo en la figura de Juan Pérez le causaba una especial fascinación. Algo en su espíritu le impelía a acercarse cada vez más al vagabundo, conocerlo más y saber cosas de su oscura vida.

Soy un Androplasma, ¿comprendes? Yo soy en toda la medida un Androplasma. ¡Androplasma!

El día en que ella le ofreció un plato de arroz, pollo y verduras (que había comprado en un restaurante de comida económica, con su domingo), le había parecido como un intento de negar su condición de Androplasma. Siempre esta palabra. El libro negro aquel —cubierto de polvo como él mismo— estaba cuidadosamente guardado en un rincón de su casa de cartón. Pero la chica le ofrecía ese plato con toda la sinceridad de su sonrisa. Aunque se le notaba algo temerosa ante lo que sucedería a continuación. Sólo un silencio que parecía pesar en el ambiente cargado del moribundo otoño. Aún sin confiar plenamente en aquella sinceridad juvenil de ella, Juan Pérez saboreó por vez primera aquella comida que le parecía de otro mundo, mucho mejor que aquellos mendrugos de la basura. Pero aquello equivalía a negar aquella condición de Androplasma. Comió poco. Pero la chica que se presentó como Melissa Ortuño seguía ahí. Ese fue el primer día que entabló contacto humano tras tanto tiempo. Aún así, no dio las gracias y se sumió de nuevo en su silencio. Si ella estaba haciendo eso por simple caridad, se equivocaba. No iba a ser objeto del valle de lágrimas de quienes se creen seguros de llegar al Paraíso.

Los días y las semanas pasaron como el viento que hace su presencia en la ciudad. Melissa seguía llevándole comida cada tarde, aunque no recibiese aprobación de La Enfermera. Déjate de esas cosas, que te vas a coger una enfermedad incurable. ¿Y ser Androplasma es algo incurable? No seas mamona, Melissa. Lo digo en serio. Voto a Dios que ese vagabundo no te haga nada horrible; si algo te pasa, avísame y llamaré a la policía para que lo encierren de por vida. Mejor que sea así. Juan Pérez leía con un fervor casi religioso cada línea de cada párrafo de su libro negro. El Libro Negro. El libro que todo el mundo debiera leerlo. Melissa lo había visto varias veces ocupado en su lectura, y se preguntaba para sus adentros de qué tratarían aquellas páginas muy amarillentas y sucias. Lo leí de niño, y lo tengo desde entonces. Este libro rige toda mi vida. Como si de una Biblia se tratase, notó Melissa. Era obvio que nunca haya ido a la Iglesia. No estaba interesada en armar una polémica sobre que ese libro negro no era exactamente una Biblia. Pese a que en todo ese tiempo le llevaba su comida del día, no se habían hablado mucho. Es decir, lo suficiente como para conocer los pensamientos de cada uno. ¿Y qué más dice él sobre su condición de Androplasma? Esa palabra le resonaba siempre en lo profundo de la mente de la chica, aunque sinceramente creía que era una palabra más de la mente revolcada de un demente. Aunque claramente Juan Pérez no tenía rasgos de demente. Parecía ser una persona normal.

Androplasma es comer carne humana. ¿Esta es la definición de esa palabra? Sí. Comer carne humana es ser androplasma. Ser esto es hacer esto. Esto es lo que soy yo, y lo hago con toda mi alma. Así sobrevivo. ¿Es decir, Juan Pérez sobrevivió de esa forma en todo ese tiempo en su condición de vagabundo? Sí, por la madrugada me devoro a quienes pasan en esas calles desérticas. Eso es ser androplasma, ¿comprendes? Aunque a ciencia cierta no lo creía, Melissa intuía que podría haber algo de verdad en el tono de voz muy firme del vagabundo. Pero algo en su lógica le decía que no eran más que patrañas. Todos los vagabundos siempre están fuera de su realidad inmediata; nunca hacen algo más que inventar y decir mentiras para huir de aquella condición tan terrible que es ser vagabundo. ¡Androplasma! En su quehacer durante su Servicio Social, Melissa seguía dando vueltas al asunto y nunca dijo nada de eso a La Enfermera.

Ni tampoco sabía La Enfermera acerca de lo sucedido desde hace una semana, pero no creía que fuera sólo por eso. La policía seguía rastreando cada milímetro de las calles de la ciudad de Tampico, en busca de las huellas de una chica dada por desaparecida llamada Melissa Ortuño, con dirección en Priv. Fresnos, calle Milagro #34. Complexión delgada, ojos negros, cabellera del mismo color y tez morena. Edad: 17 años. Estatura: 1,60 m. Si usted la ha visto, o sabe algo de ella, favor de llamar al teléfono 84784-0928. Se adjunta fotografía para su fácil identificación. Perdida en medio de cartones y de bolsas de plástico de basura, se hallaba un libro de portada negra y muchas hojas amarillentas. La lluvia, el cambio de clima y todo eso hizo que se maltratase más ese libro negro, último vestigio del vagabundo llamado —o apodado— Juan Pérez. Porque ya no se le volvió a ver más en aquellos lugares, y poco a poco la gente lo fue olvidando para siempre, como quien olvida a alguien que no ha sido tratado jamás como un ser querido.


Ignacio E. Jacobo León / Cineasta Regio ©2006.
Todos los Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial, sin previo consentimiento del autor.

4 comentarios:

Jesús dijo...

Todas las ciudades, tiene su Androplasma particular, el tipo raro, que aún siendo llamativo, no consigue llamar la atención lo suficiente para que la gente le recuerde, un día desaparecen junto a sus particularidades, y no se vuelve a saber de ellos, muy interesantes estos personajes.

Bravo, me ha gustado mucho, esperemos que pongas otro cuento pronto, yo por mí parte estoy fecundando ya el mío, creoq ue irá sobre piratas.

Sebastián Chávez dijo...

Hola Cineasta Regio. Soy Sebastián Chávez (del foro de Tepasmas). Me ha gustado mucho tu cuento. ¿Puedo colgarlo en mi blog algun día?

muy bueno tu blog... está muy bien hecho... me gustaría que el mío quedara así.. a ver si algun día me enseñas... jejeje...

Saludos...

Cineasta Regio dijo...

Claro, Sebastián! Tienes autorización para poner mi cuento en tu blog cuando quieras. Qué bueno que te haya gustado mi blog, ¡el tuyo también está muy padre!

Saludos!

Anónimo dijo...

Nachito!!
ALLO! esa soy yo....la del cuento.....

es casi biografico eh!
te felicito....

Muchos besos!
M. Ortuño
Tampico, Mexico